Endulza los descansos, hace más apacible y llevadera la clase de turno y escandaliza a los alumnos que, del aburrimiento, buscan cualquier excusa nimia para distraerse del discurso del profesor: "¡Eh, que huele a vainilla ¿Quién es?". Lo llaman café de vainilla y lo es. Porque sabe. Sabe a carrera, a cotilleos, risas, a las esperas en reprografía y a alguna que otra tarde de biblioteca. Lo echaré de menos cuando termine mi etapa universitaria.

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Pues sí, me dediqué a coleccionar los vasos en los que he bebido mi café favorito.